HISTORIA de Enrique Alcina (http://ealcina.blogspot.com) . Si Cádiz representa el descubrimiento de la luz para el visitante, que jamás había imaginado unas tonalidades tan hermosas del cielo, Cai sintetiza en un golpe de voz y tres discos redondos el descubrimiento de una música luminosa que nació, nunca de casualidad, como reflejo de un instante de libertad. En el 78, los hijos adelantados del baby boom de los años sesenta despertaron al mundo como nuevos. Todo parecía nuevo: las libertades, el ritmo de la calle, el hombre y la mujer, los niños, las ciudades, el rock, la palabra, los silencios y la vida diaria. "Más allá de nuestras mentes diminutas", el álbum de significativo título que se convirtió en leyenda quizá demasiado pronto, llegó de improviso, sin previo aviso ni presuntos antecedentes. La gente lo hizo suyo. Cai no dejó de tocar la fibra sensible de la gente durante los tres años posteriores, tres años en tres siglos, ascensión y caída del rock andaluz, transición de tradiciones y costumbres, revoluciones personales, cambios continuos, marea alta de día, marea baja en las noches de Cai.
Un jovencito Chano Domínguez, que estrenaba mayoría de edad igual que los derechos civiles en la Piel de Toro, salía del lavadero de su casa para mostrar su incipiente talento, el mismo que ha llevado al músico gaditano a la cúspide del jazz con acento hispano. Mayores que él, pero con similares ansias de volar, Diego Fopiani, Paco Delgado y Pepe Vélez emprendieron la aventura en calidad de heredero de Nono Ábalo, fino estilista de la guitarra eléctrica de palo, y espigado bajista y letrista, respectivamente. Todos a una. ¡Cogeldlos ahí! La reciente reedición del célebre disco, que permaneció en el limbo durante muchos años, llegándose a extraviar las cintas originales, pone de manifiesto el sonido de una época. Sonido andaluz, rezaban los carteles. Mucho más que eso, dicta la experiencia al cabo de los lustros. En tres discos, en tres años y pico, Cai exhibió tres maneras diversas de expresión, tres trozos de vida, pruebas fehacientes de la evolución de los músicos y su efervesciente entorno. Adolescencia, juventud y madurez del rock andaluz y de toda una época. Cádiz no era una ciudad vibrante, ni vivió esa transformación cromática con intensidad, para qué nos vamos a engañar. A esas alturas, Cádiz no desprendía la luz de hoy, primaban los tonos grises, en clave musical hasta el Carnaval estaba mal visto para las clases más pudientes. Increíble, pero cierto.
El rock nunca tuvo suerte en Cádiz, pese a ser cuna de cantes de ida y vuelta, pese a su cercanía a la influyente Base de Rota, pero Cai llegó en un momento muy especial, justo antes de la nueva ola y en el punto exacto del resurgimiento del folklore popular. En verdad, se juntaba todo: rock progresivo, modales propios del tardojipismo, gritos de libertad, alegrías y bulerías. Sin trenes de alta velocidad, ni móviles, ni rotondas, ni interneses, ni emepetreses, ni corporaciones dermohistéricas, ni reality shows de por medio, el tiempo, al tiempo que avanzaba sin dar respiro, frenó en seco durante una temporada. Eso creímos los chavales de entonces, claro La realidad sería otra. Madrid quedaba muy lejos. La movida, también. La movida no mató al rock andaluz, quizá confluyeran factores políticos, económicos y sociales que escapan ahora al análisis de este texto. Por esa regla de tres, ¿quién mató a la movida? Equiricuá. Cai, sin pretenderlo, simboliza la gloria y los infiernos del rock andaluz, aunque sus tres discos hablan de muy diversas hechuras. Tres décadas después, Cádiz da un pasito palante y dos patrás, se busca la vida soterrando su futuro incierto y vive de las rentas de la pasión cofrade, futbolera y carnavalera. Pocos misterios por resolver. Muchos secretos a voces.
Los paisajes sombríos que dibujó el grupo en el álbum de debut, a modo de testimonio de un momento de esperanzas, dudas, canto y desencanto de la juventud de finales de los setenta, la que no pertenecía a generación alguna, entre dos aguas, dieron paso a la noche abierta del segundo paso discográfico. Del tributo inconsciente a los sonidos reinantes del rock psicodélico, ya trufado de detalles originales, al reconocimiento interior del cante de la tierra. Cai evolucioinó, entre disco y disco, en los escenarios, escuchando a su público, trabajándose la carretera de costa a costa. Contra viento y marea de la industria del disco, pero yendo directos al corazón de la gente. En este rincón del planeta se recuerdan con emoción los festivales que reunían a Cai, Imán, Guadalquivir, Mezquita, los ya grandes Triana y un montón de grupos ya olvidados que también perfilaron ese instante preciso. De pronto, la luna llena se lo llevó todo por delante. Cai, en el 81, transitó hacia el jazz rock, las mañanas en la plaza, las tardes de
coplas al tres por cuatro, las fábulas electrónicas. Simple evolución que "alguien" cortó de raíz. Tantos años después, Paco Delgado, que llevaba años dándole vueltas al retorno, convenció a Fopiani, y al cabo del tiempo éstos convencieron a El Niño, no sin antes reclutar a caitanos de postín como Blas e Ignacio, y la mecha prendió de nuevo. Trabajito costó. Cai reapareció en Bornos, en formato renovado que incluía sección de vientos y arriesgados arreglos de sus viejos temas. Ahora han regresado a la esencia guitarrera. Sus conciertos se cuentan hasta ahora por nuevos descubrimientos de un sonido peculiar, tan nuestro como universal, que pudiera encajar en una banda sonora colectiva y personal. Si no fuera por el tiempo, que todo lo transforma, diríase que la música de Cai, igual que la ciudad de Cádiz, inspira descubrimientos sin cesar.
Como chavales con zapatos nuevos, alrededor de unas cervecitas en su lugar de ensayo, los músicos de Cai sienten nostalgia del futuro, la misma que dibujaba Alberti con palabras luminosas y sencillas, pero se aferran a su particular mundo creativo, piezas tan simples en su concepción como de compleja estructura en su interpretación. Y estrenan gestos, sones, ritmos y palabras para continuar en la brecha. El descubrimiento de la luz de Cai.
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